Parece que ya no vendrá nadie, bueno, ella llegó, la Vejez, aunque no me la esperaba tan pronto, aún no tengo ni cincuenta y sin embargo recuerdo a mi mamá sentada junto a la mesa de la cocina mientras se apretaba ligeramente la piel de las manos y ésta no volvía a su sitio rápidamente, como me pasaba a mí al imitarla en mi mano regordeta y tersa. Me decía, que a su madre también le pasaba, ella también fue niña y su madre vieja en la cocina de la casa.
Mi hija tampoco viene ya y no podré mostrarle el truco para darse cuenta de cuando es mayor, tan mayor que la piel se seca, se arruga, se mancha.
Si no fuera por ti, ¡¿Qué sería de mí?!, tan sola. Nuestras charlas me animan, dan sentido a lo que fui y puedo seguir valiéndome de tantas imágenes que aún la locura ¿me llaman loca, verdad? no ha borrado.
- Sí, te llaman loca, porque estás loca.
- A veces eres muy cruel conmigo, lo sabes.
- No es crueldad, es sinceridad, mírate, echa un vistazo a tu alrededor ¿dónde crees que estás?
- No me impresionas, estoy donde los hombres no dan explicaciones, eso no es locura, es descanso para el alma, así de sencillo.
- Pero la soledad te carcome en los silencios.
- No, eso no, ahí estás tú, para recordarme que el silencio no existe.
Escucha los gorriones, qué harán cuando llegan a viejos, las plumas no se arrugan. Mi mamá tenía muchos pájaros en una enorme jaula: canarios finos y bastos, pericos y una parejita de una especie africana, chiquititos, lindos, grises, preciosos, con un antifaz rojo, realmente bellos; no cantaban, la tristeza de la jaula, no criaban, la dureza del exilio. ¿Soy yo un pájaro? No puedo serlo, no me gustan, cómo no gustarse ser uno mismo; realmente es imposible que sea un ave sin vuelo. Tengo piel, seca porque doña Vejez ha venido a visitarme.
- Tú lo que estás hecha, es una pájara.
- De papel de seda.
- De sesera.
- Te pones realmente insoportable.
- Puede ser, es lo que tiene estar siempre contigo.
- Pues vete.
- Sabes que no soportarías estar aquí sin mí.
- Da igual, dicen que mejor solos que con mala compañía.
- No es el caso.
- Siempre con la palabra oportuna.
- Lo dicho, la cercanía que da para mucho.
Me encanta como huelen los cristales de las ventanas cuando llueven, me da verdadero placer pegar la nariz que se me pone helada. Ja, ja, ja, ja. Tócala, es maravilloso estar alegre cuando el resto del mundo llora, ¿no te parece?. Tienes toda la razón, no sería nada sin ti más que un manojo de recuerdos que poco a poco irían acabando conmigo. Mamá siempre se estaba riendo, aquella increíble sonrisa, esos ojillos vivarachos y su precioso pelo ondulado y blanco, pero a mí no podía mentirme, ella no tuvo a nadie, como yo te tengo a ti. Creo que me temía, le daba miedo mi dureza, si pudiera verme ahora lloraría como el resto del mundo. ¡Mira! ¡Es increíble! ¡Graniza! Es una lástima que hayan rejas en las ventanas. Ella nunca puso rejas, ni pasó la llave, ni forzó demasiado los pestillos.
- Por alguna razón se sentía segura, aquí es diferente.
- ¿Por qué tiene que serlo?
- No hay madres que protegen hogares.
- Pero habemos madres, eso sí.
- Deberías arréglate un poco el pelo, ahora que no llevas melena es más fácil.
- Mi pelo... He perdido tantas cosas...
Ni siquiera me parezco a mamá, tengo el pelo más baboso, más gris, aunque tengo muchas cosas de ella. Recuerdo que a ella también se le hacían estos anillos en el cuello ¿los ves?. Cuando nos hacemos mayores parece que la cara nos crece. Ahora soy solo cara. Uh, uh, uh, apenas se me ven los ojos en mi faz de pantana. ¡Ah! el cuerpo de gallina, recuerdo bien que siempre me decía que tenía forma de gallina, la barriga grande y las piernas flacas. No, en eso no, soy diferente. No me gustan las aves, no puede serlo, una debe gustarse.
- Estás como una cabra.
- ¡Oh! sí, siempre lo estuve. Eso si pude serlo. Y mi baifito ¿tú sabes dónde esta?
- Tu hija ha desparecido, como todos, ya no quieren verte.
- Es que me he vuelto una cabra con el hocico grande y la piel seca.
- Definitivamente estás más pa'llá que pa'cá.
- Por eso me quieres.
- ¡Cómo no quererte! Soy Tú ¿Recuerdas?
Chajaira en La Laguna a 21 de junio de 2008
Mi hija tampoco viene ya y no podré mostrarle el truco para darse cuenta de cuando es mayor, tan mayor que la piel se seca, se arruga, se mancha.
Si no fuera por ti, ¡¿Qué sería de mí?!, tan sola. Nuestras charlas me animan, dan sentido a lo que fui y puedo seguir valiéndome de tantas imágenes que aún la locura ¿me llaman loca, verdad? no ha borrado.
- Sí, te llaman loca, porque estás loca.
- A veces eres muy cruel conmigo, lo sabes.
- No es crueldad, es sinceridad, mírate, echa un vistazo a tu alrededor ¿dónde crees que estás?
- No me impresionas, estoy donde los hombres no dan explicaciones, eso no es locura, es descanso para el alma, así de sencillo.
- Pero la soledad te carcome en los silencios.
- No, eso no, ahí estás tú, para recordarme que el silencio no existe.
Escucha los gorriones, qué harán cuando llegan a viejos, las plumas no se arrugan. Mi mamá tenía muchos pájaros en una enorme jaula: canarios finos y bastos, pericos y una parejita de una especie africana, chiquititos, lindos, grises, preciosos, con un antifaz rojo, realmente bellos; no cantaban, la tristeza de la jaula, no criaban, la dureza del exilio. ¿Soy yo un pájaro? No puedo serlo, no me gustan, cómo no gustarse ser uno mismo; realmente es imposible que sea un ave sin vuelo. Tengo piel, seca porque doña Vejez ha venido a visitarme.
- Tú lo que estás hecha, es una pájara.
- De papel de seda.
- De sesera.
- Te pones realmente insoportable.
- Puede ser, es lo que tiene estar siempre contigo.
- Pues vete.
- Sabes que no soportarías estar aquí sin mí.
- Da igual, dicen que mejor solos que con mala compañía.
- No es el caso.
- Siempre con la palabra oportuna.
- Lo dicho, la cercanía que da para mucho.
Me encanta como huelen los cristales de las ventanas cuando llueven, me da verdadero placer pegar la nariz que se me pone helada. Ja, ja, ja, ja. Tócala, es maravilloso estar alegre cuando el resto del mundo llora, ¿no te parece?. Tienes toda la razón, no sería nada sin ti más que un manojo de recuerdos que poco a poco irían acabando conmigo. Mamá siempre se estaba riendo, aquella increíble sonrisa, esos ojillos vivarachos y su precioso pelo ondulado y blanco, pero a mí no podía mentirme, ella no tuvo a nadie, como yo te tengo a ti. Creo que me temía, le daba miedo mi dureza, si pudiera verme ahora lloraría como el resto del mundo. ¡Mira! ¡Es increíble! ¡Graniza! Es una lástima que hayan rejas en las ventanas. Ella nunca puso rejas, ni pasó la llave, ni forzó demasiado los pestillos.
- Por alguna razón se sentía segura, aquí es diferente.
- ¿Por qué tiene que serlo?
- No hay madres que protegen hogares.
- Pero habemos madres, eso sí.
- Deberías arréglate un poco el pelo, ahora que no llevas melena es más fácil.
- Mi pelo... He perdido tantas cosas...
Ni siquiera me parezco a mamá, tengo el pelo más baboso, más gris, aunque tengo muchas cosas de ella. Recuerdo que a ella también se le hacían estos anillos en el cuello ¿los ves?. Cuando nos hacemos mayores parece que la cara nos crece. Ahora soy solo cara. Uh, uh, uh, apenas se me ven los ojos en mi faz de pantana. ¡Ah! el cuerpo de gallina, recuerdo bien que siempre me decía que tenía forma de gallina, la barriga grande y las piernas flacas. No, en eso no, soy diferente. No me gustan las aves, no puede serlo, una debe gustarse.
- Estás como una cabra.
- ¡Oh! sí, siempre lo estuve. Eso si pude serlo. Y mi baifito ¿tú sabes dónde esta?
- Tu hija ha desparecido, como todos, ya no quieren verte.
- Es que me he vuelto una cabra con el hocico grande y la piel seca.
- Definitivamente estás más pa'llá que pa'cá.
- Por eso me quieres.
- ¡Cómo no quererte! Soy Tú ¿Recuerdas?
Chajaira en La Laguna a 21 de junio de 2008
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