
(A Juan, por velar mis sueños)
Siempre vi mujeres vestidas de negro, de negro luto o de negra miseria. El negro es sufrido, aguanta la suciedad, el frío; camufla el tiempo, la edad, lo vivido.
Siempre vi mujeres vestidas de negro, de negro luto o de negra miseria. El negro es sufrido, aguanta la suciedad, el frío; camufla el tiempo, la edad, lo vivido.
A mi alrededor siempre estuvo la mujer con el pañuelo negro, aquella con la cesta en la cabeza y en ella: ropa, pescado, agua, leche, fruta. Rodeada a su vez, de niños y andar apresurado, con mirada de nadie mas suyos son los ojos que se pierden en alguna parte.
Cuando era pequeña ellos se fueron y dejaron mujeres de negro ¿viudas? No ¿solas? tal vez sí. Dijeron: “volveré con abundante dinero, te sacaré de la miseria, te compraré buena carne, hermosos vestidos y todos llevaremos zapatos, relucientes zapatos que empujarán a nuestros hijos a la escuela”. Ellas lloraron a la despedida de un barco clandestino y no lo hicieron más, las lágrimas se cambiaron por gotas de sudor, sudor de trabajo, sudor de pena, sudor de sexo a solas y falta de amor.
¿Por qué se fueron tan lejos los hombres? siempre me pregunté, a partir de aquella edad que fui capaz de revolver las gavetas privadas de mi madre y vi un pasaporte viejo y sin uso con visado a Venezuela. En la foto la cara de un atractivo hombre joven, demasiado joven para ser todo un hombre, mi padre, él no se fue.
Tan rápido fui capaz de husmear como de buscarme en el mapa. Tan pequeño mi archipiélago, tan grande mi continente, tan lejos ese país que dicen nuestro, tan olvidados de todos y a la vez, terruño tan deseado al extranjero. Por qué cruzar este inmenso Atlántico, si casi podemos tocar el desierto, por qué no alcanzar el mediterráneo y pedir favor a quien dice ser “el dueño”. Luego comprendí donde estaba la muerte y lo ajeno.
Las mujeres de delantal blanco sobre el pecho negro, cotilleaban en la venta a la espera del cartero –noticias de La Habana, de Caracas, Sto. Domingo, Puerto Rico- A veces llegaban algunas *perritas en los giros, otras mentiras piadosas, otras añoranza y suspiros.
Las mujeres de negro estaban de duelo, su negro de luto, no fue de entierro, no enviudó con la muerte mas si con la sal que empujó al barco y llenó al viento de las algas del puerto, del arrorró de los niños que tiraron del pezón sin hombre. Allá donde la tierra frondosa se alzaba al trabajo de sus hombres los alegraba la mulata, la nativa, la blanca, allá donde el sol era más húmedo y el calor más lento, crecieron otros hijos con zapatitos nuevos y otras mujeres llenaron sus callos de placeres y sueños.
Rebuscando entre mis gavetas prohibidas me encuentro, pasando mi duelo, telas negras aún cubren mi cuerpo, no fue mi hombre isleño el que pisó un caribe de esperanzas y anhelos, fui yo que enviudé buscando ser pasajera sin barco, anclada en este cachito de suelo de papas, pescado salado, higos picos, plátanos con gofio y vino fresco. Cincuenta años después soy una mujer vestida de negro, con hombre, con hija y ahora siempre mirando al desierto.
(*) Perritas.- dinero
Por Chajaira en La Laguna a trece de abril de 2008
